Escucho a Eddie Vedder como quien escucha la misa de domingo.
Como si la letra de sus canciones fuera a arreglar el mundo. Mi mundo.
Leo a Virginia Woolf como quien lee la biblia: busco la salvación.
Cómo puedo ser tan atea. Estás hueca, me decían.
Mi religión son esas palabras que algunos escriben y cantan.
Cambian el mundo. El mío. Por completo.
Vedder canta, Woolf espera a que pase la página,
yo miro mi pelo descolorido, los ojos rojos y los labios rajados.
Mi relgión no salva, no condena.
Me destroza lentamente, pero qué sufrimiento más bonito.
miércoles, 25 de noviembre de 2015
miércoles, 11 de noviembre de 2015
Heridas congeladas.
He vuelto a llorar hasta quedarme dormida.
He intentado levantarme pero las ojeras pesan demasiado.
O quizá es este miércoles que lo tengo atravesado.
No sé qué es lo que me ata a esta cama.
Quizá sea el frío de la ventana,
que entra y me congela las heridas a flor de piel.
Heridas dormidas por falta de calor.
Es más fácil sobrellevar el dolor así,
congelado,
de forma que nadie pueda hacer más daño.
Por eso sigo desnuda en pleno noviembre,
porque el viento que se estrella contra mi estómago es frío,
hiela,
y así está mejor.
He intentado levantarme pero las ojeras pesan demasiado.
O quizá es este miércoles que lo tengo atravesado.
No sé qué es lo que me ata a esta cama.
Quizá sea el frío de la ventana,
que entra y me congela las heridas a flor de piel.
Heridas dormidas por falta de calor.
Es más fácil sobrellevar el dolor así,
congelado,
de forma que nadie pueda hacer más daño.
Por eso sigo desnuda en pleno noviembre,
porque el viento que se estrella contra mi estómago es frío,
hiela,
y así está mejor.
domingo, 1 de noviembre de 2015
Este frío sana.
Tengo el frio dentro. Clava sus uñas en mi nuca y se desliza
por mi espalda. Llega a los dedos de los pies y los asfixia. Tengo los dedos
azules, no pueden podemos respirar.
Y sin embargo me gusta. Me gusta el castañeo de mis dientes,
perderme en abrigos gruesos y grandes. Me gusta que el cansancio me venza bajo
una manta en el sofá un lunes cualquiera.
Y me preguntan cómo puedo sonreír con este frío que nos
congela las intenciones.
Porque nací unos días antes de que acabara el invierno. A última
hora. Con prisas. Como si no quisiera pertenecer a otra estación, a otro hogar.
Estoy hecha de hielo y frío. Menos mal.
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